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Autor: Enfer Molido

Observé cuando entraste: altivo, orgulloso, crees que el mundo te lo debe. ¿La última cerveza?, no, no lo eres. Te recomendaría una dosis de realidad y tal vez una inyección de metadona para calmar esos espasmos prostáticos. Siéntate en mi mesa, ven te invito. ¡Cuidado!, tu casimir puede arrugarse, permíteme quitar los harapos que deje ahí. Juguemos, repartamos las cartas… buena mano eh… por mí no te preocupes, llevo media vida sin poder ganar algo. Aunque pensándolo bien, tal vez sea yo el que verdaderamente ha ganado; el placer de ver a camaleones trajeados como tú revolcándose en las ruinas de lo que alguna vez fue su éxito y que algún otro enviado de las cloacas de la dignidad se encargó de destruir.

Estoy harto. El colmo de la degradación y tú ¡un jodido triunfador! Pensé en invitarte una botella ((no lo haré)) sé que no la aceptarás, puede interrumpir tu proceso diario de exaltación personal, y no te culpo ¿sabes?… sobresalir requiere de esfuerzos: se debe sudar, caer, levantarse y seguir; en lo personal prefiero vivir, se necesita hacer lo mismo, sólo que la recompensa es mejor, es mejor que hacer algo… ¿me llamaste mediocre?, ¡hombre!, no he conocido a nadie tan ejemplar como para que se jacte de no serlo. ¡Por dios!, baja ese arma, tú no vas a recoger lo que salga volando de mí, no mancharías tu elegante corte inglés con la sangre de un pobre desertor ((no se mancharía más que tu alma enferma)).

Bueno, me despido, se que cuando me terminé este trago la tarde me traerá muchas sorpresas; qué se yo, otro trago, alguna acompañante, el fin de los tiempos, un título de ingeniería.

(Se escucha un disparo), ¡lo sabía!, carajo ¿porqué lo hiciste?, ahora yo tendré que manchar mis andrajos con tu sangre y ¡ay por dios!... ¡¿qué embarraste en la pared?!... en fin, yo seré un pésimo conversador, pero tú ya no puedes hablar.

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mfvl

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Cristo regurgitado



Autor: Enfer Molido

Mi estado de ánimo no es el mejor por las mañanas, mucho menos los fines de semana. Lemora, mi fiel verdugo, tan fría y carnalmente correcta, postrada en la parte lateral de mi nevera; tan indefensa y amable, siempre lista para una emergencia.
Re-cuerdo que regresé por la noche, me recosté en la cama y el cuarto comenzó a hablarme. Le molestaban muchas cosas sobre mí.
–Hermano, puedes hacer de tu vida lo que quieras, pero no es bueno ni para ti ni para mí que sigas desperdiciándote así. Ni siquiera es cuerdo que estés hablando conmigo, joder. –
–¡Hola pa-red!, qué tal. Una noche fría, ¿no? –le contesté. – Mira, no debes inmiscuirte en mis asuntos, bastante tienes con aguantar los embates de mis vómitos y escupitajos como para soportar que te derribe si sigues metiéndote conmigo, ¿no crees? Tú no puedes moverte recuerda, ¿cómo te defenderías de mí?–. Aunque realmente yo tampoco podía ((ni quería)) moverme en ese momento.
–En una ocasión observé por la ventana a aquella chica de piernas largas y alas escamosas que te acompañó hasta acá. No debiste hacerle eso, el jardín ya está lleno de tanta mierda y el estúpido perro ha desenterrado varias cabezas ya. Puedes meterte en problemas. Además no era fea, y el congelador no puede servir como anfiteatro para siempre…bla bla bla-… empezó a contarme anécdotas bastante nefastas sobre lo que puede ver y hacer una pared en las horas de ausencia de su inquilino.
Mientras escuchaba su voz, mi mente ((mi siempre acompañante)) comenzó a nublarse, me sentía bien. Ella me guiaba ahora. Nos alejamos de la habitación, luego de la casa. Era un derroche de adrenalina y reynold, mezclado con un poco de magia. Medianoche y divagábamos entre las calles húmedas y vaporosas del centro de la ciudad. Cientos de prostitutas derritiéndose al compás del contoneo de sus caderas; dúos porcinos azulados dando una paliza al vagabundo del desnivel, mientras sus contertulios robaban los zapatos, los rancios sacos y demás prendas que salían volando a cada golpe; perros desgastados y viejos conocidos husmeando las mismas bolsas de basura. Susurros de placer entre los corroídos edificios multifamiliares; corazones perdidos anhelando un pecho seguro que les provea del calor que malgastaron en horas de excesos y malditos encuentros lascivos.
Luego, nos detuvimos a lado de un escaparate ((de algo como un auto supersónico que lanza napalm por los limpiadores mientras te encuentras en el tráfico, o de alguna otra maravilla digital))… nos sentamos y observamos en la otra acera a una especie de salamandra equina, tal vez un dinosaurio, segregando de entre las grietas de su cara pus y las más inmundas sustancias animales; buscaba entre sus ropas el último tripi antes de llegar a la madriguera donde seguro le esperaba un poco más de protoplasma reptil. Era una imagen desagradable, emética, como las imágenes difuminadas de la mañana siguiente a un bacanal etílico. Sentí miedo, compasión y asco de ver tan repulsivo espectáculo. Giré la cabeza y vomité, mi acompañante hizo lo mismo.
Después regresamos a la casa, a la habitación… la jodida pared seguía descargando su ira, ahora contra la pared de enfrente. Me parecía que ésta se encontraba resfriada, ¡claro! la humedad se filtraba por ella. Me levanté, fui al baño, terminé de vomitar. Regresé, me recosté sobre la cama y pensé: “algo familiar tenía esa salamandra”.

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mfvl

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