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Zeitgeist


por Rigoberto Reyes

Ventilador de tres aspas
    con leve falla mecánica
activado a nivel cuatro,
Inclinado ligeramente
Al norte.
Un viejo agonizando
    en el suelo del cuarto.
Las uñas de su mano
Izquierda enterradas
En la piel.
Brota sangre negra,
    se embarra violentamente
sobre el piso blanco.
La otra mano relajada
sobre el pecho.
Su rostro está  ya seco
    sin embargo aún sonríe.
Mientras sus ojos, amarillos,
pequeños, parecen hundirse
en el  rostro.
Un recién nacido descansa
    sobre el regazo del viejo
chupando la pus que escurre
por algunos brotes ampulosos
del cuerpo.
Por la persiana del cuarto
    Se filtra la luz  brillante
de la última gran bomba
que explotó en un  lugar
sin nombre
o en la siguiente esquina.
    El sonido de la calle es caos
de locura, guerra, odio
o frenesí por la última
gran rebaja.
En la habitación se oye
    un suave cantar de aves
sólo levemente interrumpido
por ruido de interferencia
a intervalos constantes
causado  por la mala
recepción de la TV

El bebé y el viejo ríen
Con un ritmo enloquecido.

 ¡Bah!. Pero, en realidad, nada de esto importa ¿cierto?

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Invitación abierta a los ilustres y respetados poetas.






Chinga tu madre no se dice
¡Se canta!
No es otra seña obscena de párvulos.
Es un paso de baile, una invitación.
Es la perpetuación de Edipo
Es poesía y es preámbulo a minificción.
Chinga tu madre es epígrafe, nota al pie y epitafio.
Así pues, Ilustres poetas míos,
Yo les invito, les canto, les bailo y les declamo esa bella frase,
Putos.

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mfvl

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Usted






debe responder una serie
De preguntas de primera nece(si)dad.
Para poder acceder al acotado lienzo pictórico de la Historia General
De Las Cosas en un Estado de Descomposición.
1. Supongamos, por un momento- si me lo permite -, que no ha sido encerrado/a en el campo de esterilización sensible levantado en el centro interconectado de la gran urbe ¿cree posible efectuar un trasiego ilegal de visualizaciones y ocultamientos insubordinados distribuidos a través de una red de microtráfico de luces y sombras mirables/inhalables/inyectables/copulables?

2. Dadas las aceleradas dinámicas balísticas actuales ¿qué posición asume usted, como carne tibia, en el presente espacio diagramado por la trayectoria de los proyectiles de tráfico de mercancías discursivas?


3. Tomando en cuenta su reticencia a entrar en contacto total con la superficie plana de la tierra ¿Qué propuestas concretas de agitación vascular colectiva se ha planteado como acto de insubordinación de las temperaturas corporales?

4. ¿tiene usted encendedor?, ya sabe, fuego…

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La casa de la colina.

La casa de la colina.

La carretera está destrozada,
Los pinos silenciosos la miran,
Nadie se percata del incendio
Que ha devorado al pueblo más cercano.

Caballos sollozantes pasan al lado del camino,
Se dirigen al sol, sin jinete, sin herraduras,
Sin piel.

Nosotros, tú y yo, sentados en esta banca
Blanca, vieja,  bajo la sombra,
Tomando  limonada, y charlando,
Rememorando viejos tiempos
Y escuchando cintas en la radio.

Ya no tenemos miedo.

Sacamos el tabaco, y una sabana,
Tú lo esparces sobre ella y yo lo envuelvo,
Lo lamo, me alcanzas el encendedor y fumamos.

Tenemos lentes oscuros
Aunque el sol es tibio y el aire refresca
La colina.

El viento nos trae ecos de los gritos
Y del dolor que hay, en este momento,
En cualquier otro lado,

Fingimos no oír,
No necesitamos escucharlo
No más.

Sabemos que vivimos sobre una mina
Que pronto explotará,
Ya no tenemos miedo.

Partes una naranja
Y  la chupas,
Su jugo te escurre
Hasta los senos,
Bajo tu blusa blanca.

Yo te lamo para limpiarte.

Volteas hacia la carretera;
Un hombre se acerca arrastrándose
Grita, pide ayuda,

Coges tu naranja, apago la radio
Y nos encerramos en casa.

Yo pongo el candado,
Me rasco la cabeza

Ya estás en la cama,

Quizá tendremos sexo. 


Rigo Reyes (Electricista Cerebral + Brainwashed Poet)  2010. 

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TRES DÍAS A HUAUCHINANGO.


TRES DÍAS A HUAUCHINANGO.

El hombre de cara de arena seca y cuarteada lleva tres días postrado en el catre; corroído y tan viejo como él al fondo del oscuro cuarto de adobe, a su alrededor un antiguo ropero que aloja un par de pantalones, camisas y algunos vaporosos recuerdos, apolillados por el paso del tiempo, en la pared un oxidado machete, mudo testigo de victorias pasadas, y una ilustración que muestra pudorosamente a una sensual virgen de harapos verdes, estrellados. Esta pinché panza, siento como si tuviera un xoconostle con espinas en la boca del estomago ¡aah jijo!. Ni el derrumbe que me comí me quitó las dolencias, pior estuvo, ora hasta la mera cabeza me duele, es que me lo comí al ay se va, por eso habrá sido.

Tras ver que las horas pasaban y su alucinógeno no aminoraba el dolor el viejo de ojos hundidos y ausentes se decidió de una vez a emprender un viaje de tres días a Huachinango. Tomó su bastón de rama, se puso sus viejos huaraches remendados hasta el hartazgo y su gorra amarillenta –alguna vez blanca como el pulque- estampada con borrosas letras que decían tímidamente entre los manchones de grasa y lodo: Colosio Presidente 1994. Ora si no me queda de otra más que ir a ver a doña Eustoquia ¿hace cuanto que no la voy a ver?, la última vez que bajé hasta por allá fue cuando acompañé a mi compadre Don Erminio –difunto- pa´ que nos dijera que tenía por que nomás se la pasaba sacando bolotes de sangre por el hocico como los puercos cuando recién los matan. Eustoquia nos dijo que lo habían embrujado a través de un bebedizo, pero ella no pudo ponerlo bueno y se murió allí mismito, el doctor de la capital que andaba en el palacio municipal nos dijo que había muerto por las borracheras, pero, lo que sea de cada quien, yo le tengo más fe a doña Eustoquia, pos como no le voy a tener harto aprecio si con ella mi mujer dio a luz a mis seis hijos. Los hijos los tiene uno y nomás nos dan puras penas; ninguna de las dos chamaquitas se nos lograron, debí haber dejado las tijeras abiertas, y los chamacos nomás crecen y se van; Telesforo, Augustino y Leandro quesque se fueron a la Capital a buscar trabajo ¿qué la parcela no es un trabajo? ¿y los animales? ...y el otro, el Isidoro ese me salió más peor: nomás le entró la calentura y se fue que a los Estados Unidos y el malagradecido no se ha vuelto a aparecer ni ha mandado dinero para acá y ojalá y ya no vuelva por que ahora lo maldigo por desobligado y pensar que alguna vez fue mi luz. El viejo enfermo y encorvado nunca se enteró que Isidoro logró cruzar la frontera donde lo esperaban ya sendos cerdos rozados con votas picudas y camisa a cuadros atascada de repugnante sudor causado por el calor y la obesidad. En efecto las balas de goma no lo mataron pero los culatazos en el cráneo terminaron con la tarea, su cadáver destrozado fue arrastrado por un río sin nombre ni memoria.

El anciano encorvado ahora se encontraba listo para iniciar el fatigoso viaje de tres días a pie a Huauchinango. El viaje tiene que ser a pie; donde vive el anciano achacoso aun no arrasan las carreteras de granito y chapopote impregnadas de feroces bestias metálicas con aire acondicionado y porta vasos individuales, en la Loma de la Sagrada Condolencia apenas llega el sol aunque la coca-cola brota como mala yerba en el único establecimiento del lugar el cual se ve a lo lejos como un pequeño escupitajo brillante y rojo entre el monótono paisaje de tierra y plantas espinosas, el viejo curvilíneo lo mira con ojos que, durante un instante, parecen escurrir algo de vida, pastosa y oxidada, pero vida. Si todavía me acuerdo cuando ese jacalito era de don Macario Miranda –difunto-; era un buen tinacal. El único al que pude entrar. Si, le pagaba con pollos que me iba yo a robar del ranchito del gringo allá abajo, pero el tiempo no pasa en balde y ora ni hay pulquito ni hay nada.

Ha caminado, con paso doloroso y lento, más lento, durante doce horas. Salió de madruga. Ahora el sol comienza a dar señales de su pronta huida, quizás se va por pena, no quiere ver más a ese viejo reptando entre las piedras de una llanura olvidada, seca, rasgada por la sequía y el dolor. El hombre camina por lo que alguna vez fue un río; ahora es una enorme franja de espuma negra y pastosa; la fauna acuática ha sido suplantada por multitudes de pañales deshechables – deshechables como los envases, como las envolturas, como los humanos-agolpados en una orilla, en otro lado se observa brillante un banco de botellas de Cloralex, Harpick y demás fauna plástica, todas siguiendo a una enorme llanta goodyear quemada que parece ser el gurú del grupo. El sonido de unos pasos cercanos arrastrando los pies contra las piedras ofusca al viejo que admiraba a dos botellitas azules flotar con rapidez, no alcanza a distinguir ,solo ve una mancha, un trazo grosero y borroso en el paisaje, pronto ese trazo va cobrando forma; es una mujer delgada con una cubeta verde brillante retacada de ropa vieja y desgarrada pero bastante limpia.

-Buenas noches...-

-...Buenas.-

Y que tienen de buenas ¿no me ve esta vieja pendeja? ¿parece que para mi son buenas noches?. Ahora si siento que me quedo, si las dolencias ya me llegaron hasta el espinazo y nomás siento una pata y me hormiguea, mejor paso aquí la noche, aquí debajito de este árbol...si, si de árbol ya no tiene nada; nomás es el puro cascaron, pero no hay de otra. El hombre desdobló su cobija de lana que cargaba en la espalda con un esfuerzo sobrenatural que parecía sofocarlo: sus mejillas estaban rojas atiborradas de la poca sangre que aun corría trabajosamente por su cuerpo, todo él estaba cubierto por un sudor frió que se le clavaba en la piel como alfileres. Se recostó de espaldas cuidadosamente y miró las ramas secas del árbol y detrás las estrellas brillando, puntuales como siempre. El viejo tenía los labios apretados como si temiera que al abrirlos se le escapara algo. Esa noche soñó que corría, como hace muchos años no lo hacía, tomado de la mano de su esposa –que murió al parir a Isidoro- corriendo por pastizales verdes de donde brotaban tunas que volaban hacia el cielo, mientras él y su esposa perseguían ávidamente aves negras y regordetas, pero , en un instante, ella lo soltó y de el pastizal surgió en un instante un fuerte muro de granito que se alzó eternamente, las aves asustadas corrían y se desplumaban hasta que, una por una, fueron absorbidas por el suelo que ya no era más un pastizal sino un frío metal, las tunas devinieron en granadas de mano, cada una estallando de manera más estruendosa que la anterior, dejando a su paso huecos humeantes y negros, en el cielo no había más estrellas ; en su lugar dos enormes luces blancas, estériles , el hombre corría huyendo hasta que sus pies se soldaron al frío piso de metal y se quedó ahí sumergiéndose entre aves horrorizadas y granadas de mano, lejos de ella. ¡Ah carajo!,¡ora si me va a llevar!...

Era la una de la tarde del día siguiente; después de que despertó asustado y sudoroso en la madrugada todo había marchado mejor. Había continuado el camino y ahora se sentía mucho más aliviado, incluso pensó en regresarse para Loma Sagrada de la Condolencia pero prefirió seguir, total, ya estaba a mitad del camino no tenía caso regresar. Sus pasos se sentían suaves, supuso que así se sentiría caminar en el cielo, casi no sentía su cuerpo de tan relajado que se encontraba, su mirada era clara y brillante. El paisaje también era distinto y bello, caminaba entre colinas con arbustos frondosos y floreados. La tarde comenzó a caer , el viejo escuchó al sol golpear suavemente los arbustos con los últimos rayos de luz dorada y lejana, vio el canto de los pájaros enredarse en las ramas de los árboles bajos y luego seguir su camino al firmamento. A lo lejos sentía una danza festiva que lo invitaba a seguir, el viejo se encontraba con suficientes bríos para seguir caminando durante toda la eternidad, pero prefirió dormir un poco antes de continuar para llegar fresco a Huauchinango, así que eligió un frondoso árbol de peras brillantes y doradas que danzaban al compás de la música nocturna y se recostó, se tapó con la cobija, no podía dormir de la emoción: como ya no se sentía mal ya no iría con Eustoquia y se gastaría su dinero en un vino de frutas, es más se compraría dos –uno para el camino de vuelta-, así sería. El viejo feliz miraba hacia el cielo. Yo nunca había visto a las estrellas así moviéndose y de tantos colores parecen pedirme que las siga, emitiendo todo su brillo, se les va a acabar, ojala que no se les acabe que se ven re bonitas, cantando melodías suaves como las que mi madre cantaba al anochecer, hasta el árbol les hace juego, bailando con ellas siguiéndolas en su desfile...y yo, y yo...

El sol pega groseramente en las colinas áridas y despobladas, un niño con una bufanda a rayas corre pateando una lata gastada y oxidada de duraznos La Costeña entre las piedras picudas, la mala hierba y la tierra en una pendiente. El niño se detiene consternado; al fondo del pequeño barranco parece ver un borrego muerto en medio de un charco de sangre coagulada y moscas zumbando por todo el derredor. El niño se acerca rápidamente al fondo del barrando; aquel borrego va tomando forma. El niño lo mira con los ojos desorbitados y hace un extraño ademán con el brazo. Lo que está postrado ahí, frente a él, es el cadáver de un viejo con las piernas rasgadas e incompletas –obra de algún animal carroñero- y la cabeza destrozada cubierta en parte por una gorra amarillenta impregnada de sangre negra y coagulada en donde se aglomeran las moscas zumbando frenéticamente.

Electricista Cerebral

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“La Elegancia”


La Elegancia

(en tres rondas)

I- Uno de limón

Las calles del Centro se vuelven pegajosas, salvajes y sucias por las tardes. Mis pasos rápidos, mi mirada fija en el asfalto, el ruido de los autos y de la masa humana me joden a cada zancada. Solo busco llegar, es martes, -siempre es martes-. “¡Al fin!”murmuro al toparme con la corroída puerta que me sonríe, la empujo y entro, el letrero es inconfundible: “ Pulquería ”. Estoy sentado, frente a mí, un enorme vaso de pulque, a mi alrededor una turba de seres de ojos vidriosos, son los de siempre: el falso médico vendedor de recetas, el yonki paranoico con una navaja en la bolsa trasera, las viejas gordas de hablar pausado y senos inmundos, el hombre de sombrero que declama el Mahabhárata –en sánscrito- cuando bebe mucho, los albañiles sedientos y corteses, los jubilados sin prisa y las niñas con pistolas de agua disparándose al rostro, corriendo entre las mesas.

Mientras le doy un trago a mi curado de limón veo pelear al dueño con una puta que muestra su culo a los arcaicos parroquianos, José Alfredo Jiménez ameniza la escena desde la rocola, la puerta se abre, la luz brillante de la calle se embarra dentro del apestoso lugar; es el padre de la iglesia. El piadoso hombre camina corcovado con pasos lentos hacia el improvisado altar; mira a la virgen y al cristo, agacha su cabeza y murmura <<in nomine Patria et Filia et Spiritus Sancti>>, se sienta y pide una cubeta de curado de ostión, inmediatamente un par de mujeres viejas y obesas se acercan a su mesa, le sonríen feroces y sensuales, una lo ataca al rostro con sucios ósculos y la otra le frota el falo, el rostro del piadoso anciano se ilumina, sus mejillas se colorean de un rosado brillante y su sonrisa se hace presente, su expresión , su color, todo él parece pintado por Carvaggio. Un yanqui flaco, rosado y perdido ríe a carcajadas, se levanta sobre su banco y grita pastosamente dirigiéndose a todos los parroquianos: ¡Welcome to “La elegancia”!

II- fuera todo arde.

¿Sabes?...siempre que estoy aquí pienso que el tiempo en realidad nunca transcurre, los viejos de “La elegancia” se mueven lentamente, balbucean sobre sus vidas, su decadencia y sus mujeres –ideales, inexistentes-, se arrastran, reptan, muestran sus espesas lenguas, se miran unos a otros con ojillos rojos, sonríen, yo llego a una alegre conclusión; estos hombres han estado aquí siempre y siempre estarán, son los seres espirituales de todos los siglos. Y es que, escúchame nena, es este el único lugar en donde pueden respirar y sentir, fuera está el plástico aire de la ciudad con sus colores brillantes y paredes poliglotas –violentas-, con sus construcciones monumentales y sus guerras de artificios, afuera están los narcisos que caen uno a uno, engañados por su falso reflejo. Los niños de-ropajes-negros juegan arrojando sus cabezas (huecas), las mujeres exprimen corazones ya secos, falsos sufis adictos a la heroína giran sobre su propio eje al ritmo de sintetizadores de la nueva era, ojos vendados con sudarios hablan de paraísos de miel y leche, rebaños de camellos alegres beben del mar de agua eléctrica, suspiran y cantan felices tonadas, sus casas se queman entrada la tarde, todos gritan silenciosos la misma verdad: es posible vivir sin un sentido. Constipación espiritual. No se puede respirar, no se puede res-pi-rar ¿lo sientes? ¿lo sientes?, algo oprime contra nosotros en esta esquina con semáforo en luz roja.

Los viejos prefieren mantenerse aquí, en este mingitorio milenario, agolpados en la oscuridad de su antiguo recinto, respirando tranquilamente, exhalando ese vaho agrio que vuelve espeso el aire, hablando sin tiempo, mientras afuera todo arde. No hay esperanzas de un futuro mejor, no hay esperanzas de un futuro, todo es presente, tragos de Ocpatli, risas groseras y romanticismo añejo. Estos hombres no esperan nada pero tampoco piden nada, son profundos y sabios al eructar consejos, sus ojos brillan, alumbran el espacio. Yo bebo con ellos para robarles un poco de calido aliento. Alzo la mano, emocionado por el ambiente etílico- reflexivo, pido una cubeta de curado de jitomate y unos delicados.

III- ¡saluuud!

Tras el último trago del curado mis manos están temblorosas, miro mis dedos anchos, mis uñas sucias sobre la mesa brillante, risas, gritos, movimientos rápidos a mí alrededor, el piso se vuelve suave, mis pies se hunden; es hora de salir de aquí –antes de que esto me trague-. Me apoyo sobre la mesa para levantarme; mis manos rojas y calientes se hinchan, las venas gruesas brotan por el esfuerzo, no me puedo parar, mi cabeza se resiste a alzarse. Caliente, caliente, pesada, pesada. Me levanto, la mesa se mueve, un vaso es derribado, el pulque se embarra en la madera y pared, el vaso brillante gira hasta el borde de la mesa, cae, se rompe, los cristales vuelan, la risa del padre, los gemidos de las putas, yo camino lento entre las mesas, las niñas con las pistolas de agua me miran calladas desde un extremo oscuro, alguien me empuja me dice algo, me mira, sonríe, no importa. Gritos a lo lejos, luces rojas y azules brillan desde fuera, entra también el ruido furioso de la calle; yo camino entre las mesas. Estoy cerca de la puerta – fresca, vibrante-, mis movimientos lentos, mi cuerpo pesado y abotagado de sangre caliente, mis brazos hormigueantes, el sonido con interferencia: estoy bajo agua hirviendo. Chuy –una vieja borracha conocida- se interpone entre mi glosa corporal y la puerta, la miro, me sonríe, casi no le quedan dientes pero, creerme, esto tiene sus ventajas. Mete sus suaves manos bajo mi camisa, me acaricia la espalda sudorosa, guiña un ojo –atascado de rimel- y me muestra las celestiales llaves de su cuarto, yo le sonrío cómplice, esta noche no acabará muy pronto.

Electricista cerebral

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mfvl

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